Ecuatoriana, especialista en derechos humanos y derecho internacional. Niega rotundamente ser abogada. Ha trabajado en varios organismos de protección de DDHH, libertad de expresión y género a nivel nacional e internacional. Docente investigadora de la Universidad de las Américas, Quito. Emprendedora, bloggera y articulista para varios medios impresos y electrónicos . Su lado rosa es la moda, la decoración de eventos y escribir en el blog : www.cafesito4thesoul.wordpress.com
Hay una canción de Savage Garden que dice “I believe forgiveness
is the key to your unhappiness”. Nada más cierto que eso.
A pesar de que las tendencias new
age y las religiones nos dicen (nos
chantajean casi) con eso de que el único camino a la paz interior es el perdón,
en la vida real esto no solo puede ser imposible, sino hasta nocivo para
conseguir paz si ello implica negar hechos que nos han marcado, porque
prácticamente equivale a negarse a uno mismo y nuestra historia personal.
Además, en esos casos, perdonar a quien
nos ha agraviado puede implicar incluso una aceptación de conductas que son
inaceptables bajo cualquier óptica. El perdón, cuando el agravio es
fuerte, difícilmente puede existir sin que el perpetrador haga un reconocimiento expreso de que existió la
agresión. Tampoco puede darse cuando el agraviado no ha recibido una disculpa
sincera por el sufrimiento que le fue causado.
Esto, que puede parecer
algo relativo solo a las relaciones interpersonales, es un concepto básico que
rige hasta en los procesos
internacionales de justicia transicional, o en casos de graves violaciones de derechos
humanos. En estas situaciones, los
tribunales internacionales han determinado que para que exista un proceso de
paz legítimo es fundamental que la víctima o sus familiares sean reconocidos
como tales, mediante la aceptación pública de que existió el daño, la emisión
de las disculpas correlativas y hasta el deber de restituir a la víctima
material y moralmente por los vejámenes sufridos. El reconocimiento de la condición de víctima
es fundamental para que ésta pueda superar y recuperarse del hecho dañoso y pueda pasar la página, como se diría
comúnmente.
En un artículo reciente publicado en Revista Semana[1]
relacionado al conflicto armado en Colombia, Martha Ruiz hablaba justamente
sobre el derecho legítimo que tienen las víctimas de las FARC de no perdonar a sus secuestradores o asesinos de
sus familias. Alertaba ( y yo concuerdo) sobre los riesgos de banalizar el
perdón, reducirlo a una mera cuestión de convivencia social o política, y
entender las reparaciones solo como cifras, monumentos y actos públicos
desconociendo la “dimensión espiritual de la reparación” y su carácter de
elemento fundamental para lograr una paz verdadera. Concluía Ruiz resaltando la
necesidad de las víctimas de entender el
porqué del acto cruel, como paso previo
a poder perdonar.
Con las debidas salvedades
del caso, no veo por qué estos principios no puedan aplicarse a las relaciones interpersonales,
especialmente aquellas donde las mujeres han sido víctimas de violencia
emocional y psicológica. En una época
donde la psicología y la literatura de autoayuda nos enseñan que debemos
sacudirnos el polvo, sonreír y actuar como si nada ante cualquier tipo de
rompimiento amoroso (no hay que darles importancia, dicen), habría que
preguntarnos si esa actitud casi robótica y negacionista ante nuestro propio dolor no será lo que nos
tiene cargando baggage semanalmente
al diván del psicólogo. Claro que hay relaciones que se terminan por default,
de mutuo acuerdo o donde el sentimiento se diluye. Sin muertos ni heridos. En
esos casos es lógico aplicar la filosofía zen de forgive and forget porque no
hay daño aparente a ninguna de las dos partes involucradas. Pero en otros casos, donde la ruptura ha sido
propiciada por traiciones, mentiras, abandono,
insultos, manipulación, chantaje emocional, sabotaje, control económico y otras formas de violencia psicológica, el
estándar es - debe ser- otro.
Es imposible que una mujer maltratada psicológicamente pueda
simplemente pasar la página y sonreírle a su agresor para mantener la paz
social. Es imposible lograr perdón cuando el perdón no se ha pedido; es ilógico
pedir olvido sobre hechos que se niegan, y es injusto justificar estas
rupturas como “meros malentendidos”, “distintas apreciaciones de los hechos”, o
“incompatibilidad de caracteres”, como decimos por acá en el mundo legal. Porque los hechos son realidades no sujetas a
interpretaciones. Relativizar el maltrato psicológico (que de por sí ya es difícil de
probar) y minimizarlo a una cuestión de pura susceptibilidad femenina equivale
a tolerarlo y perpetrarlo. Algo que en tiempos modernos es inaceptable.
Para que exista perdón las cosas deben ser llamadas por su nombre:
la traición existe independientemente de si se consumó o no un acto sexual o si
se tiene pruebas de éste; el abandono se da cuando una mujer es dejada a
suerte y tratada sin interés, aún cuando el abandonador siga viviendo bajo su
mismo techo; el maltrato se configura cuando cualquier acción contra una mujer
se realiza con el fin de hacerle daño, aún cuando no existan golpes o insultos
directos (a propósito, los
pasivo-agresivos son maltratadores por excelencia).
El perdón no se da si no se pide, y aún en estos casos es
facultativo de la víctima otorgarlo. El
olvido solo es posible en la medida de que las agresiones ya no causen repercusiones
en la vida diaria de la mujer maltratada, y la amistad o la cordialidad solo se
conseguirán si existe confianza o simpatía, es decir, cuando el maltratador
deje de serlo. Si además del maltrato, el
agresor o la sociedad tratan a la víctima como una exagerada susceptible,
negando por tanto el maltrato, lo que se está haciendo es tolerando y
construyendo una cultura donde ser fuerte equivale a ignorar y callarse ante
las cosas que como mujeres nos hacen daño. Sugiere que las mujeres acepten conductas
que son contrarias a su propia
integridad psicológica y emocional. Absurdo.
Con esto, no quiero decir que perdonar sea inaceptable en todos
los casos. Si alguna mujer que fue maltratada
tiene la capacidad emocional de perdonar a quien la hirió está muy bien, pero bajo ningún concepto puede ser el perdón
una condición sine qua non para ser feliz, para tener paz o para que el ex
maltratador cumpla con otras obligaciones de tipo familiar. Porque tenemos derecho a rechazar lo que nos hace daño y
elegir a quien odiamos con la misma libertad con la que elegimos a quien amamos,
sin que por esto implique ser malas
personas, o no poder seguir adelante. Los
procesos de recuperación emocional implican enfrentar el hecho doloroso, no
negarlo o minimizarlo, porque es en el duelo suficiente y apropiado donde se
encuentran las herramientas emocionales y psicológicas necesarias para no volver a ser víctima de nuevas
situaciones de maltrato.
[1] Marta Ruiz. “ La Opción de No Perdonar”. Publicado en Revista Semana el 23 de
noviembre de 2014. Disponible en: http://www.semana.com/opinion/articulo/la-opcion-de-no-perdonar-por-martha-ruiz/409977-3.

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