lunes, 22 de diciembre de 2014

EL PERDÓN ES SOLO UNA OPCIÓN- Lolo Miño (Ecuador)





Ecuatoriana, especialista en derechos humanos y derecho internacional.  Niega rotundamente ser abogada. Ha trabajado en varios organismos de protección de DDHH, libertad de  expresión y género a nivel nacional e internacional. Docente investigadora de la Universidad de las Américas, Quito. Emprendedora, bloggera y articulista para varios medios impresos y electrónicos . Su lado rosa es la moda, la decoración de eventos  y escribir en el blog : www.cafesito4thesoul.wordpress.com



Hay una canción de Savage Garden que dice “I believe forgiveness is the key to your unhappiness”. Nada más cierto que eso.

A pesar de que las tendencias new age  y las religiones nos dicen (nos chantajean casi) con eso de que el único camino a la paz interior es el perdón, en la vida real esto no solo puede ser imposible, sino hasta nocivo para conseguir paz si ello implica negar  hechos que nos han marcado, porque prácticamente equivale a negarse a uno mismo y nuestra historia personal. Además, en esos casos,  perdonar a quien nos ha agraviado puede implicar incluso una aceptación de conductas que son inaceptables bajo cualquier óptica.  El perdón, cuando el agravio es fuerte, difícilmente puede existir sin que el perpetrador haga un  reconocimiento expreso de que existió la agresión. Tampoco puede darse cuando el agraviado no ha recibido una disculpa sincera por el sufrimiento que le fue causado.   

Esto,  que puede parecer algo relativo solo a las relaciones interpersonales, es un concepto básico que rige hasta en  los procesos internacionales de justicia transicional,  o en casos de graves violaciones de derechos humanos. En estas situaciones,  los tribunales internacionales han determinado que para que exista un proceso de paz legítimo es fundamental que la víctima o sus familiares sean reconocidos como tales, mediante la aceptación pública de que existió el daño, la emisión de las disculpas correlativas y hasta el deber de restituir a la víctima material y moralmente por los vejámenes sufridos.  El reconocimiento de la condición de víctima es fundamental para que ésta pueda superar y recuperarse del hecho dañoso  y pueda pasar la página, como se diría comúnmente.

En un artículo reciente publicado en Revista Semana[1] relacionado al conflicto armado en Colombia, Martha Ruiz hablaba justamente sobre el derecho legítimo que tienen las víctimas de las FARC de  no perdonar a sus secuestradores o asesinos de sus familias. Alertaba ( y yo concuerdo) sobre los riesgos de banalizar el perdón, reducirlo a una mera cuestión de convivencia social o política, y entender las reparaciones solo como cifras, monumentos y actos públicos desconociendo la “dimensión espiritual de la reparación” y su carácter de elemento fundamental para lograr una paz verdadera. Concluía Ruiz resaltando la necesidad  de las víctimas de entender el porqué del acto cruel,  como paso previo a poder perdonar.

Con las debidas  salvedades del caso, no veo por qué estos principios no puedan aplicarse a las relaciones interpersonales, especialmente aquellas donde las mujeres han sido víctimas de violencia emocional y psicológica.  En una época donde la psicología y la literatura de autoayuda nos enseñan que debemos sacudirnos el polvo, sonreír y actuar como si nada ante cualquier tipo de rompimiento amoroso (no hay que darles importancia, dicen), habría que preguntarnos si esa actitud casi robótica y negacionista  ante nuestro propio dolor no será lo que nos tiene cargando baggage semanalmente al diván del psicólogo. Claro que hay relaciones que se terminan por default, de mutuo acuerdo o donde el sentimiento se diluye. Sin muertos ni heridos. En esos casos es lógico aplicar la filosofía zen de forgive and forget porque no hay daño aparente a ninguna de las dos partes involucradas.  Pero en otros casos, donde la ruptura ha sido propiciada por  traiciones, mentiras, abandono, insultos, manipulación, chantaje emocional, sabotaje, control económico   y otras formas de violencia psicológica, el estándar es - debe ser- otro.

Es imposible que una mujer maltratada psicológicamente pueda simplemente pasar la página y sonreírle a su agresor para mantener la paz social. Es imposible lograr perdón cuando el perdón no se ha pedido; es ilógico pedir olvido sobre hechos que se niegan, y es injusto justificar estas rupturas como “meros malentendidos”, “distintas apreciaciones de los hechos”, o “incompatibilidad de caracteres”, como decimos por acá en el mundo legal.  Porque los hechos son realidades no sujetas a interpretaciones. Relativizar el maltrato  psicológico (que de por sí ya es difícil de probar) y minimizarlo a una cuestión de pura susceptibilidad femenina equivale a tolerarlo y perpetrarlo. Algo que en tiempos modernos es inaceptable.

Para que exista perdón las cosas deben ser llamadas por su nombre: la traición existe independientemente de si se consumó o no un acto sexual o si se tiene pruebas de éste; el abandono se da  cuando una mujer es dejada a suerte y tratada sin interés, aún cuando el abandonador siga viviendo bajo su mismo techo; el maltrato se configura cuando cualquier acción contra una mujer se realiza con el fin de hacerle daño, aún cuando no existan golpes o insultos directos (a propósito,  los pasivo-agresivos son maltratadores por excelencia). 

El perdón no se da si no se pide, y aún en estos casos es facultativo de la víctima otorgarlo.  El olvido solo es posible en la medida de que las agresiones ya no causen repercusiones en la vida diaria de la mujer maltratada,  y la amistad o la cordialidad solo se conseguirán si existe confianza o simpatía, es decir, cuando el maltratador deje de serlo. Si además del maltrato,  el agresor  o la sociedad tratan a la  víctima como una exagerada susceptible, negando por tanto el maltrato, lo que se está haciendo es tolerando y construyendo una cultura donde ser fuerte equivale a ignorar y callarse ante las cosas que como mujeres nos hacen daño. Sugiere que las mujeres acepten conductas que son  contrarias a su propia integridad psicológica y emocional.  Absurdo.
Con esto, no quiero decir que perdonar sea inaceptable en todos los casos.  Si alguna mujer que fue maltratada tiene la capacidad emocional de perdonar a quien la hirió está muy bien,  pero bajo ningún concepto puede ser el perdón una condición sine qua non para ser feliz, para tener paz o para que el ex maltratador cumpla con otras obligaciones de tipo familiar. Porque tenemos  derecho a rechazar lo que nos hace daño y elegir a quien odiamos con la misma libertad con la que elegimos a quien amamos,  sin que por esto implique ser malas personas, o no poder seguir adelante.  Los procesos de recuperación emocional implican enfrentar el hecho doloroso, no negarlo o minimizarlo, porque es en el duelo suficiente y apropiado donde se encuentran las herramientas emocionales y psicológicas necesarias  para no volver a ser víctima de nuevas situaciones de maltrato.





[1]  Marta Ruiz.  “ La Opción de No Perdonar”.  Publicado en Revista Semana el 23 de noviembre de 2014. Disponible en: http://www.semana.com/opinion/articulo/la-opcion-de-no-perdonar-por-martha-ruiz/409977-3.



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