Ecuatoriana, especialista en derechos humanos y derecho internacional. Niega rotundamente ser abogada. Ha trabajado en varios organismos de protección de DDHH, libertad de expresión y género a nivel nacional e internacional. Docente investigadora de la Universidad de las Américas, Quito. Emprendedora, bloggera y articulista para varios medios impresos y electrónicos . Su lado rosa es la moda, la decoración de eventos y escribir en el blog : www.cafesito4thesoul.wordpress.com
En los últimos
años, el mundo de la farándula ha lamentado la muerte casi inexplicable de
talentosos actores, actrices y cantantes, quienes han sucumbido a una de las
peores enfermedades de nuestro tiempo: la depresión.
Dentro de todo,
la pérdida de Heath Ledger, Brittany Murphy, Robin Williams, Cory Monteith y
Phillip Seymour Hoffman, entre otros no
fue en vano. Gracias a estos acontecimientos, se pudo finalmente a traer a la
luz pública el debate sobre esta enfermedad, que en la actualidad es padecida
por unas 350 millones de personas en el mundo entero, según los datos de la
Organización Mundial de Salud. De acuerdo a ese organismo, la depresión es la
principal causa de incapacidad laboral en el mundo, y afecta en un 50% más a
las mujeres que a los hombres.
A pesar de su
gravedad, la depresión sigue siendo un tema tabú, y por esa misma razón
incomprendida y tratada inadecuadamente, si es que llega en algún momento a
tratarse. Las consecuencias de no abordar el problema se visibilizan solo cuando
el paciente comete suicidio, se inflige heridas o padece una sobredosis, y la
situación entonces pasa de ser un asunto de la mente a un asunto físico, por
ende digno de ser atendido por la ciencia médica.
Esto se agrava
además, porque parecería que la sociedad moderna rechaza sistemáticamente la
tristeza como algo malo, digno de ocultarse. Facebook, Instagram y otras redes
sociales han consolidado una cultura donde solo es permitido ser feliz, atractivo,
exitoso y amado, mientras que otros sentimientos negativos- tan propios de
nuestra esencia humana- deben esconderse e invisibilizarse. Nadie se atreve ya
a mostrarse a sí mismo como un ser vulnerable, que a ratos puede quebrarse y
perder la fe; nos vamos robotizando. El resultado es millones de personas cuyos
sentimientos se ocultan por miedo a ser tachados de “raros”, “dramáticos” o
“diferentes”, y que luego explotan de formas violentas e irreversibles. Ello es
más grave en el caso de los hombres, quienes culturalmente se han visto
forzados a ocultar sus emociones como un sinónimo de virilidad, especialmente en sociedades altamente
machistas. No es de sorprenderse
entonces que solo en Estados Unidos, el consumo de antidepresivos haya
aumentado en el año pasado de un 30% a un 75%, mientras que las sesiones de
terapia se han reducido de un 71% a un 60%. Hablar de nuestras tristezas y
preocupaciones es políticamente incorrecto.
El problema
radica en la incapacidad de la sociedad
de entender a la depresión como una enfermedad que necesita ser tratada en
todos los casos. Hasta hoy, quienes la padecen son vistos por sus amigos y
familiares como personas débiles, extremadamente sensibles, que incluso
resultan molestas por sus permanentes episodios de tristeza, y que por ende
terminan siendo aisladas, lo que solo agrava su situación. Quienes están deprimidos no reciben apoyo
emocional de sus allegados, pues estos generalmente limitan su participación en
el asunto diciendo “supéralo”, “tienes que ser fuerte”, “tienes que poner de
parte”, como si el paciente con depresión no viviera en una lucha segundo a
segundo por sentirse bien. Pero no puede, porque su cerebro no está
químicamente capacitado para hacerlo, y
de ahí la desesperación que luego termina en autoagresión y suicidio.
Tenemos que
empezar a tratar la depresión con la misma empatía con la que tratamos otras
enfermedades graves de nuestro tiempo. Nadie, creo yo, se atrevería a decirle a
un paciente de cáncer que “solo con una actitud positiva” va a poder curarse. Tampoco le dirían a un diabético “el
azúcar te hace daño solo porque tú crees que te hace daño” o “si estás en paz
con Dios ya no te vas a sentir mal”. A una persona con un pierna fracturada
sería ridículo decirle "para curarte, tienes que correr más rápido”. No
obstante, el paciente con depresión diariamente debe soportar, además de su enfermedad,
un sinfín de razonamientos similares por parte de sus allegados. La versión más
perversa de la percepción del depresivo es aquella que los estigmatiza y avergüenza
catalogándolos de locos.
Imposible que en
un contexto de tanta intolerancia el paciente con depresión pida ayuda. Así, pasan años tratando de salir por sí mismos de
una situación de permanente sufrimiento que no están en capacidad de superar
solos (así como las células cancerígenas no mueren solas ni el exceso de azúcar
en la sangre se va solo por la voluntad del paciente). Es solo después de algún
episodio especialmente dramático o peligroso, que el depresivo o sus familiares
se dan cuenta de la necesidad de
recurrir a un profesional. Aún en estos casos, se espera resultados
inmediatos, poniendo nuevamente al paciente en una situación de presión que no
le permite tener un proceso de sanación adecuado. Es como esperar que el cáncer
desaparezca a la primera sesión de quimioterapia.
Lo que tampoco
se entiende es que quienes padecen depresión deben llevar y tratar la situación
por el resto de sus vidas. Tomar
pastillas por tres meses posiblemente ayude al paciente a salir de un
particular episodio, pero eso no quiere decir que en el futuro no tendrá otro
igual o más fuerte. Por lo tanto, requieren permanente monitoreo y
acompañamiento de las personas más cercanas a ellas, no solo para poder
detectar a tiempo un posible episodio, sino para crearles un ambiente de
suficiente confianza, entendimiento y apoyo que reduzca las posibilidades de
recaer. Finalmente, la necesidad de hablar abiertamente del tema no solo
facilitará que el paciente pida ayuda sin sentirse estigmatizado o avergonzado,
sino que permitirá identificar la enfermedad en otros miembros de la familia,
dadas las altas probabilidades de que esta sea transmitida genéticamente.


