lunes, 29 de diciembre de 2014

2014: UNA DESPEDIDA AGRADECIDA - María Eugenia Donoso (Ecuador)

Modelo profesional talla grande, escritora por pasión y vocación. Creadora de la primera marca de modelaje y estilo talla grande del Ecuador y América Latina: PLUS TRENDS®. Productora de moda y estilista gráfica. Defensora de los derechos de las mujeres, creyente asidua de la autoestima como base del empoderamiento de la mujer en la sociedad. Empresaria.





Hace dos años comencé una travesía que significaría enfrentarme a mi misma y a mis miedos para poder crear algo positivo de una situación personal dolorosa y difícil (anorexia nerviosa) que me llevo al borde entre la vida y la muerte durante muchos años. Decidí asumir éste reto como parte de mi recuperación, de las ganas que tenía en los huesos por estar mejor y recuperar lo que podría ser recuperado.

La creación de PLUS TRENDS® fue la manera que encontré para que las mujeres que se sintieron alguna vez como yo (inconformes con su físico y peso, maltratadas y juzgadas) puedan aprender a quererse a si mismas, aprender que el amor propio es una relación de toda la vida y que, aunque su carencia  paraliza; con las herramientas adecuadas esto puede cambiar. Por esto decidí volcar mi alma a un proyecto que busca que las mujeres puedan recuperar la confianza en sí mismas y empoderarse desde la autoestima utilizando herramientas del modelaje.

Siempre he pensado que el cambio comienza por uno mismo, y que la vida nos brinda reiteradas oportunidades de re inventarnos y de crecer; el tener la oportunidad de tocar la vida de mujeres que hoy se sienten mejor con ellas mismas gracias a PLUS TRENDS®, hace que todo el esfuerzo siga valiendo la pena.

Si hay algo que he aprendido es que el momento en el que enfrentas a tus miedos y demonios les quitas todo el poder que tienen, que uno debe perder todo para poder volver a comenzar y recibir, que perderse a uno mismo es morirse por dentro pero que el alma revive cuando re encuentra su rumbo. Debo confesar que PLUS TRENDS® me salvó la vida, en todas las maneras en las que una vida puede ser salvada;  me salvo de mi misma y me permitió darme una segunda oportunidad.

Haciendo un breve recuento del 2014, debo decir que fue un año muy positivo para nuestra marca, superamos expectativas y continuamos cumpliendo sueños: 

-En mayo se realizó el lanzamiento del primer perfume de PLUS TRENDS®: Be-U Plus Trends Fragrance® by THE LAB, una fragancia inspirada en la mujer real de venta hoy en 7 locales en Quito y Guayaquil. 
-En el mes de Junio, debutamos con nuestro primer Taller Costa "Aprende a Quererte con Plus Trends®" en la ciudad de Guayaquil. 
- En el mes de Agosto comenzamos la Gira de Medios internacional con PLUS TRENDS®, con una acogida impresionante en todo el mundo, llegando a medios de 45 países y con mi historia traducida a 8 idiomas.
- En el mes de Noviembre estrenamos nuestro network de mujeres empoderadas en el mundo PLUS TRENDS® NETWORK, contando con la participación de mujeres brillantes y reconocidas dentro de su área de trabajo con el objetivo de fortalecer la autoestima de las mujeres con un espacio libre de opinión sobre temas diversos.

Quisiera aprovechar éste espacio para agradecer a todos quienes han formado parte de mi travesía; a todas las chicas y mujeres que se han atrevido a soñar conmigo, a todas quienes se han atrevido a ser ellas mismas en éste mundo que trata de convencerte de que debes ser como todos los demás, gracias a mi equipo de trabajo, gracias a mis amigos (pocos pero incondicionales) que me brindaron un hombro para llorar cuando la maldad y juicios impiadosos de terceros no relevantes quisieron derrumbarme y distraerme, gracias a los medios de comunicación nacionales y extranjeros por querer contar mi historia y permitirme llegar a tanta gente (gente de tantos países y realidades que se siente identificada con mi mensaje). Y gracias a quienes han querido acompañarme en éste sueño, sacrificado pero que me enciende el alma cada día apenas abro los ojos.

El 2014 fue un año maravilloso, un año de lecciones, aprendizajes y oportunidades …. Que el 2015 sea un año en el que podamos agradecer más seguido; después de todo, poder abrir los ojos y respirar cada día, es ya una nueva oportunidad para cambiar y encontrar nuestro camino.



Feliz 2015!

lunes, 22 de diciembre de 2014

EL PERDÓN ES SOLO UNA OPCIÓN- Lolo Miño (Ecuador)





Ecuatoriana, especialista en derechos humanos y derecho internacional.  Niega rotundamente ser abogada. Ha trabajado en varios organismos de protección de DDHH, libertad de  expresión y género a nivel nacional e internacional. Docente investigadora de la Universidad de las Américas, Quito. Emprendedora, bloggera y articulista para varios medios impresos y electrónicos . Su lado rosa es la moda, la decoración de eventos  y escribir en el blog : www.cafesito4thesoul.wordpress.com



Hay una canción de Savage Garden que dice “I believe forgiveness is the key to your unhappiness”. Nada más cierto que eso.

A pesar de que las tendencias new age  y las religiones nos dicen (nos chantajean casi) con eso de que el único camino a la paz interior es el perdón, en la vida real esto no solo puede ser imposible, sino hasta nocivo para conseguir paz si ello implica negar  hechos que nos han marcado, porque prácticamente equivale a negarse a uno mismo y nuestra historia personal. Además, en esos casos,  perdonar a quien nos ha agraviado puede implicar incluso una aceptación de conductas que son inaceptables bajo cualquier óptica.  El perdón, cuando el agravio es fuerte, difícilmente puede existir sin que el perpetrador haga un  reconocimiento expreso de que existió la agresión. Tampoco puede darse cuando el agraviado no ha recibido una disculpa sincera por el sufrimiento que le fue causado.   

Esto,  que puede parecer algo relativo solo a las relaciones interpersonales, es un concepto básico que rige hasta en  los procesos internacionales de justicia transicional,  o en casos de graves violaciones de derechos humanos. En estas situaciones,  los tribunales internacionales han determinado que para que exista un proceso de paz legítimo es fundamental que la víctima o sus familiares sean reconocidos como tales, mediante la aceptación pública de que existió el daño, la emisión de las disculpas correlativas y hasta el deber de restituir a la víctima material y moralmente por los vejámenes sufridos.  El reconocimiento de la condición de víctima es fundamental para que ésta pueda superar y recuperarse del hecho dañoso  y pueda pasar la página, como se diría comúnmente.

En un artículo reciente publicado en Revista Semana[1] relacionado al conflicto armado en Colombia, Martha Ruiz hablaba justamente sobre el derecho legítimo que tienen las víctimas de las FARC de  no perdonar a sus secuestradores o asesinos de sus familias. Alertaba ( y yo concuerdo) sobre los riesgos de banalizar el perdón, reducirlo a una mera cuestión de convivencia social o política, y entender las reparaciones solo como cifras, monumentos y actos públicos desconociendo la “dimensión espiritual de la reparación” y su carácter de elemento fundamental para lograr una paz verdadera. Concluía Ruiz resaltando la necesidad  de las víctimas de entender el porqué del acto cruel,  como paso previo a poder perdonar.

Con las debidas  salvedades del caso, no veo por qué estos principios no puedan aplicarse a las relaciones interpersonales, especialmente aquellas donde las mujeres han sido víctimas de violencia emocional y psicológica.  En una época donde la psicología y la literatura de autoayuda nos enseñan que debemos sacudirnos el polvo, sonreír y actuar como si nada ante cualquier tipo de rompimiento amoroso (no hay que darles importancia, dicen), habría que preguntarnos si esa actitud casi robótica y negacionista  ante nuestro propio dolor no será lo que nos tiene cargando baggage semanalmente al diván del psicólogo. Claro que hay relaciones que se terminan por default, de mutuo acuerdo o donde el sentimiento se diluye. Sin muertos ni heridos. En esos casos es lógico aplicar la filosofía zen de forgive and forget porque no hay daño aparente a ninguna de las dos partes involucradas.  Pero en otros casos, donde la ruptura ha sido propiciada por  traiciones, mentiras, abandono, insultos, manipulación, chantaje emocional, sabotaje, control económico   y otras formas de violencia psicológica, el estándar es - debe ser- otro.

Es imposible que una mujer maltratada psicológicamente pueda simplemente pasar la página y sonreírle a su agresor para mantener la paz social. Es imposible lograr perdón cuando el perdón no se ha pedido; es ilógico pedir olvido sobre hechos que se niegan, y es injusto justificar estas rupturas como “meros malentendidos”, “distintas apreciaciones de los hechos”, o “incompatibilidad de caracteres”, como decimos por acá en el mundo legal.  Porque los hechos son realidades no sujetas a interpretaciones. Relativizar el maltrato  psicológico (que de por sí ya es difícil de probar) y minimizarlo a una cuestión de pura susceptibilidad femenina equivale a tolerarlo y perpetrarlo. Algo que en tiempos modernos es inaceptable.

Para que exista perdón las cosas deben ser llamadas por su nombre: la traición existe independientemente de si se consumó o no un acto sexual o si se tiene pruebas de éste; el abandono se da  cuando una mujer es dejada a suerte y tratada sin interés, aún cuando el abandonador siga viviendo bajo su mismo techo; el maltrato se configura cuando cualquier acción contra una mujer se realiza con el fin de hacerle daño, aún cuando no existan golpes o insultos directos (a propósito,  los pasivo-agresivos son maltratadores por excelencia). 

El perdón no se da si no se pide, y aún en estos casos es facultativo de la víctima otorgarlo.  El olvido solo es posible en la medida de que las agresiones ya no causen repercusiones en la vida diaria de la mujer maltratada,  y la amistad o la cordialidad solo se conseguirán si existe confianza o simpatía, es decir, cuando el maltratador deje de serlo. Si además del maltrato,  el agresor  o la sociedad tratan a la  víctima como una exagerada susceptible, negando por tanto el maltrato, lo que se está haciendo es tolerando y construyendo una cultura donde ser fuerte equivale a ignorar y callarse ante las cosas que como mujeres nos hacen daño. Sugiere que las mujeres acepten conductas que son  contrarias a su propia integridad psicológica y emocional.  Absurdo.
Con esto, no quiero decir que perdonar sea inaceptable en todos los casos.  Si alguna mujer que fue maltratada tiene la capacidad emocional de perdonar a quien la hirió está muy bien,  pero bajo ningún concepto puede ser el perdón una condición sine qua non para ser feliz, para tener paz o para que el ex maltratador cumpla con otras obligaciones de tipo familiar. Porque tenemos  derecho a rechazar lo que nos hace daño y elegir a quien odiamos con la misma libertad con la que elegimos a quien amamos,  sin que por esto implique ser malas personas, o no poder seguir adelante.  Los procesos de recuperación emocional implican enfrentar el hecho doloroso, no negarlo o minimizarlo, porque es en el duelo suficiente y apropiado donde se encuentran las herramientas emocionales y psicológicas necesarias  para no volver a ser víctima de nuevas situaciones de maltrato.





[1]  Marta Ruiz.  “ La Opción de No Perdonar”.  Publicado en Revista Semana el 23 de noviembre de 2014. Disponible en: http://www.semana.com/opinion/articulo/la-opcion-de-no-perdonar-por-martha-ruiz/409977-3.



lunes, 15 de diciembre de 2014

NO TE QUITES LA ROPA - Elisa Sicouret (Ecuador)


Elisa Sicouret es periodista y ha trabajado en los medios de comunicación más importantes de Ecuador desde 1993. Ha ganado dos becas internacionales de periodismo del Instituto Goethe y el gobierno alemán, así como del World Press Institute de Minnesota (Estados Unidos). Actualmente es Directora Editorial de las RevistasSamborondón, Valles y Costa, de Editorial Uminasa del Ecuador, y colaboradora freelance de In, revista de la aerolínea Lan Chile.


¿En qué momento se le vendió a la mujer la idea de que llegaría lejos mientras más corta sea la falda, más profundo el escote, más sexuales los pasos de baile y más diminuto el bikini? Sí, la revolución femenina del siglo pasado instó a quemar los sostenes para rebelarse contra el sistema en una batalla por la igualdad de género. 

Pero hoy no hay nada de eso; lo que existe es el concepto de que el sexo vende, y de que una mujer que se deja tratar como objeto de deseo tiene poder. Algo no anda bien cuando artistas como Miley Cyrus o Nicki Minaj deben aparecer parcial o totalmente desnudas para causar revuelo en las redes sociales y generar más descargas de iTunes. Algo no anda bien cuando las canciones del momento 
dicen cosas como: “Menéate chica, tienes tremendo culo” (Pitbull) o “¿Te gusta el sexo? ¿No te gustaría tener sexo conmigo?” (Beyoncé). Algo no anda bien cuando Kim Kardashian hace un desnudo frontal y posterior para una revista con el fin de “romper el internet”. Algo no anda bien cuando la mayoría de las series de televisión y películas muestran explícitas escenas de sexo a todas horas donde, ¡oh, sorpresa!, quien generalmente sale desnuda es la mujer y no el hombre (el ejemplo más claro es Game of Thrones). Y algo definitivamente no anda bien cuando jóvenes y adultas, 
vestidas con microfaldas y megaescotes, creen que bailar es sinónimo de un frenético roce de genitales (el bendito twerking que estandarizó Miley Cyrus).

La mujer ha sido considerada como un objeto quizás desde tiempos inmemoriales, esto no es nada nuevo; pero el asunto es que la sociedad nunca lo había aceptado como algo normal, y de manera tan masiva, como en la actualidad. Ya nadie se asombra de ver a Beyoncé en vídeos que bien podrían ser pornografíasoft, o a Rihanna haciendo topless a cada rato y en todo lado. Por eso se va cada vez más allá, empujando cada vez más los límites ante la impasividad generalizada de quienes creen que Miley Cyrus tocando las partes íntimas de Robin Thicke en un escenario es cosa de rutina.

A la mujer le tomó décadas llegar a una relativa igualdad de género en temas clave como el laboral, pero parece que se le dificulta abrir los ojos y ver que mientras más se quita la ropa, más terreno va perdiendo en esas conquistas que costaron sudor y sangre, y que no se lograron precisamente por exhibir el trasero o los pechos, sino por hacer uso del que sí es su mejor atributo: su cerebro.

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA MODA DE LA MODA - Ana Martín ( España)


Ana Martín (Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, 1973) es periodista, experta en comunicación institucional y política. Ha trabajado, desde 1994, de manera continuada en radio y prensa escrita, en las secciones de Cultura y Política. Ha sido, asimismo, columnista en diferentes medios escritos.


En los últimos años, tal vez en los últimos meses, no me hagan mucho caso, he observado, no sin sorpresa, un fenómeno creciente que –hoy quiero confesar—me inquieta sobremanera: He visto 
convertirse en blogger de moda a gente que, durante toda su vida, había pensado que Tom Ford inventó el coche de mismo nombre. 

A chicas y chicos que se pasaron la adolescencia y la juventud, incluso el año 2007 completo, vestidos de mormones y con gafas de culo de botella (nada que objetar a ambas cosas, que, por cierto, ya han sido tendencia y, si no, lo serán). Tanta ha sido la profusión de nuevos expertos, que he temido encontrar en la blogosfera a la portera de mi antiguo edificio, bata de flores en ristre, zapatillas guateada, comentando la alfombra roja de los Oscars, toda vez que la cuarta parte de la comunidad en la que viví de chica se dedica, en la actualidad, a hacerse selfies en la puerta de las tiendas, pelotear a marcas diversas a ver si cae algo y colgar posts sin criterio, salpicados de faltas de ortografía, varios “trendy” y “cool”, una recua de puntos suspensivos y gran despliegue de comentarios entre lo histérico, lo naif y lo desubicado.

Y he buceado –de manera figurada, no me pidan más— en el universo bloggero cercano, copado, especialmente por nosotras, las mujeres, por saber qué lleva a alguien que no es periodista, ni modelo, ni diseñadora, ni experta, ni famosa, a hacer como si fuera todas esas cosas a la vez. Debe tener mucho que ver la superficialidad extrema que los tiempos nos imponen, la escasez de análisis, la vida a golpe de titular, el exhibicionismo en el que todos, salvo raras excepciones, hemos caído. 

Y, también, seguramente, la realidad –dura-- que hace que vistos los beneficios que obtienen las bloggers conocidas, hayamos desplazado el deseo de ser modelos o actrices por este otro, más al alcance de la mano y del golpe de suerte.

¿Es esto malo? A priori, no. Partiendo de que cada uno puede dedicar tiempo y sudor a lo que le dé la gana, como hago yo misma, malo, malo, no es. Lo que sí resulta es extremadamente cansino. Y 
vulgar. Y repetitivo. Y cargante.

Háganme caso. Desciendan por un momento al baúl de la gracia popular y el refrán atinado, ese que no se debe abandonar y que contiene frases tan certeras como: “Manolete, si no sabes torear... ¿pa qué te metes?”

Ahí lo dejo.

lunes, 1 de diciembre de 2014

BORRADO SEA TU NOMBRE- Ángeles Mastretta (México)



Ángeles Mastretta nacida en Puebla en 1949 es una escritora y periodista mexicana conocida por crear personajes femeninos sugerentes y ficciones que reflejan las realidades sociales y políticas de México.



Hay de hambres a hambres. La mía fue tonta y revocable. Pero es de ésta que supe por eso de ésta cuento.
Como mis horarios eran impredecibles y aquel sería un fin de semana largo, el día anterior compré un boleto para las cuatro y otro para las seis. Llegué a tiempo al de las cuatro y subí a buscarme un lugar en las filas de en medio. Cada quien sus manías.
Dejé mi bolsa, con el dinero dentro, encargada con quien sería mi vecina de viaje, y corrí a devolver el boleto de las seis.
Es al pensar en la continuación de esta memoria que me digo y les cuento: yo nunca me permito un hambre que pueda saciar. Sé que en nuestro país sólo decir esto causa vergüenza. Más aún si hubo días en los que uno tuvo hambre por puro ser idiota. Mientras había, y hay, quienes no comen porque no tienen qué, había y hay quienes hacen dietas tontas con las que se lastiman y atarantan. Así que empiezo este desvarío con una irrevocable sensación de culpa.
borrado
Eran los tremendos setenta. Como es ahora el dos mil trece y hay quien sigue en lo mismo. Entonces, donde yo tenía la cabeza, como ahora hay quienes aún la tienen, había que ser flaca y de preferencia medir uno setenta. Ninguna, de las dos cosas, fue lo mío. Y tratar de vivir sintiéndose inadecuada era para mí una novedad, porque yo había crecido, apacible, en un cuerpo de niña delgada sin esfuerzo y sin que se adivinara bien que nunca tendría la altura de mi madre. No acabo de entender por qué en mi familia materna se le daba tanta importancia a la altura. “Ninguno de mis yernos está de aparador”, decía mi abuelo que medía más de uno ochenta, que fue guapo hasta la mañana de su muerte e implacable para juzgar a los demás. Era incrédulo como las montañas, pero estaba seguro de que sus hijas eran tres bellezas casadas con hombres de aspecto regular. El menoscabo de mi padre era ser chaparrito. Y, peor aún, heredar su estatura. Yo apenas alcancé el uno cincuenta y ocho. Fatal, porque estaban de moda los Beatles y esa moda quería que todas fuéramos como las novias de los Beatles. Altas. O como Jackie Kennedy. Delgadas. Tanto que hasta la pobre María Callas se tragó una lombriz y adelgazó treinta kilos. Quizás fue de ahí que se puso tan triste. Porque andar queriendo ser plana por delante y plana por detrás era y es un disparate en mujeres con proclividad a los pechos grandes y las caderas anchas. Dos virtudes que se apreciaban sobre cualquiera en la época en que las mujeres tenían que reproducirse pasando por todas la dificultades de una medicina sin antibióticos. Las flacas no sobrevivían. Y la gordura era hermosura. En las novelas del siglo diecinueve la descripción de una mujer fea siempre empezaba con que se le veían los huesos. Twiggy, en la voz de Jane Austen, hubiera sido un esperpento. Pero todo eso cambió de una vez y no sé si hasta siempre. De ahí que ya en los sesenta las viejas fotos de mujeres en paños menores, pródigas y piernudas, se vieran como antigüedades provocando una mezcla de ternura y espanto.
Debió ser 1964 cuando a mi cuerpo le brotaron prominencias con las que me parecía imposible convivir. No se hablaba, como apenas hace muy poco, de la peligrosa anorexia. En cambio la gordura era sinónimo de horror y contra eso ya no había lucha posible. No era tan socorrida la actual obsesión con el ejercicio, las verduras y las proteínas, pero que debía uno vivir en el empeño de no engordar ya estaba ahí, como una condena. Ni se diga a mediados de los setenta. Así que una servidora, me encanta el modismo que ha caído en desuso, se pasaba la vida enflacando y engordando según el devenir de sus emociones. Hay quien adelgaza con las tristezas y quien las acompaña comiendo en pos del refrán. Yo era de estas últimas. Todo episodio desafortunado terminaba en tres meses de panes, azúcar y porquerías tras los cuales había que caer en privaciones de espanto. En esas épocas de insensatez, padecí, sin grandes resultados, todo tipo de hambres y de dietas. Sin duda la de mil calorías, ni qué decir la de cero carbohidratos, pero hasta una que llevaba las cosas al extremo de prohibir las cremas para la cara. Había la dieta de la luna y la de plátanos con leche, la de una cucharada con mantequilla de cacahuate en la mañana, un helado de vainilla al mediodía, y una taza de agua tibia en las noches. Había la de sólo lechugas, la de piña, la de apio y piña, la de apio, perejil, nopales y piña, la de aire. Tonterías. Duelos y quebrantos que sólo llevaban a cometer nuevas estupideces.
Diciendo esto vuelvo a la tarde en que bajé del autobús de las cuatro para cambiar el boleto de las seis por el dinero que había costado. Llevaba dos semanas en la dieta más negra de cuantas se me ocurrieron. Había perdido seis kilos en doce días. Según yo, corrí a la ventanilla de cambios, pero adivinar por qué aún no llegaba cuando el autobús arrancó sin mí. La terminal del ADO estaba a una calle del entonces cochambroso Monumento a la Revolución. Era una sala grande que recuerdo pequeña, porque siempre había multitudes cruzándola, con un piso de granito que alguna vez habrá sido blanco pero que siempre estaba tan gris, con el ir y venir de cien mil pasos diarios, que daba miedo mirarlo. Aún así, cuando vi desaparecer el autobús que se fue con mi equipaje dentro, dejándome en el despoblado de un fin de semana sin más destino que el de seguir en el hambre de una dieta imbécil, me senté en ese suelo a llorar como si hubiera perdido una patria. Comiendo tan poco había conseguido desordenar tanto mi ánimo que ya no sentía hambre. Nada más una desolación propia de la orfandad. Y lloraba como sólo se llora en esta ciudad, sin que a nadie le importara en lo más mínimo. Por fortuna, pienso ahora, porque si alguna alma caritativa hubiera reparado en mí, me habría yo visto en el predicamento de explicar lo tres veces tonta que estaba siendo. Mal enamorada, distraída y hambrienta. Dos equívocos completos y una pésima elección. Que no me quisiera el hombre que creí el de mis sueños: mala fortuna. Que me hubiera dejado el autobús: pésima fortuna. Pero que anduviera medio muerta de hambre pudiendo comer como se debe, sí era para molerme a palos. Así que no dejé de llorar, sino hasta que, poco a poco, dio conmigo la cordura. Aquí te quedas, le dije al mal juicio. Y me levanté.
Entonces la ciudad no era para mí el hogar que es ahora, pero me alcé como si lo fuera. En la bolsa del pantalón llevaba un peso, y entrando a la terminal había un puesto de dulces. Allá, como primera cura, compré un mazapán de harina, azúcar glas y cacahuate. Me lo comí en dos mordidas. Creo que recuperé tres kilos por bocado. Así eran esas dietas, una vez rotas no había manera de zurcirlas. Luego me hice del único boleto que encontré. Saldría hasta las diez de la noche, porque mientras lloraba mi carencia perdí toda oportunidad de viajar antes. Caminé sin un centavo y al rato volví a sentirme en las tripas de un náufrago. Toda la carretera me duró el hueco de insensatez en el ombligo. Cuando llegué a Puebla sonaban las doce en el reloj de catedral. Confié bien: mi vecina de asiento había puesto mi bolsa a buen cuidado. No todo era desastre. En la esquina de la Tres Oriente encontré un comal en el que hacían molotes de tinga. Compré uno y mientras lo comía, prometí no volver a tener hambre de aquel modo. Ni para verme como otros me querían, ni para que me quisiera quien no iba a quererme. La tontería no viene en gotero sino en caudales. Cosa de permitirla un tiempo y cuesta desandarla. Pero lo pude hacer. Y heme aquí, deshilando esta memoria por si alguien quiere oírla. Nunca falta quien se mire en la voz ajena y encuentre en ella su propio equívoco. Si no hubiera perdido el autobús quizás habría perdido la razón. No se llamaba anorexia, pero igual se habría parecido. Bien le dice Borges al hambre: Madre antigua y eterna de la incestuosa guerra. Borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.
Quizás de todas las hambres, la intencionada es la más hija de una guerra incestuosa. La de uno mismo contra uno mismo. Borrado sea su nombre de la faz de la tierra.


*texto publicado en Revista Nexos.